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Mientras Sergio Massa prepara anuncios, crece el debate interno en el FMI por el caso argentino

La flexibilidad de las metas no alcanza para compensar el grave faltante de dólares. El ministro, ante el desafío de mantener la estabilidad.

Tras el paso de Alberto Fernández y Sergio Massa por Washington, la semana pasada, el Fondo Monetario Internacional (FMI) profundizó su debate interno por el caso argentino. ¿Qué hacer? ¿Flexibilizar más las metas que debe cumplir el país? ¿Acceder al pedido del Gobierno y hacer nuevos desembolsos de dólares para evitar un agravamiento de la crisis?

En Washington y también en Wall Street hay un consenso de que, así como está planteada, la situación de la economía argentina luce inviable. Esta vez no alcanza con flexibilizar la meta en una variable -por más que sea la de acumular reservas en el Banco Central-, sino que lo que hacen falta son dólares.

A la Argentina le faltarán este año unos u$s20.000 millones por culpa de la sequía, y ninguna medida alcanzará para compensar semejante golpe.

Por ahora, el FMI aceptó una modificación en la meta de acumulación de reservas. También que el Gobierno avance con un desdoblamiento cambiario, con la puesta en marcha del «dólar soja 3» y un «dólar agro» para el resto de las economías regionales.

También es probable que, más adelante, se avance con una extensión del calendario de pagos, estirando algunos vencimientos.

Pero, de nuevo, difícilmente una mejora en el tipo de cambio para los productores sojeros y un beneficio para las cerealeras exportadoras haga aparecer la soja perdida por la sequía. En otras palabras: por más que les den una mejora en la cotización a los chacareros, no hay chance de vender lo que no se tiene. Al menos no en el nivel que necesita la Argentina para evitar una nueva crisis cambiaria.

El trauma del FMI con el caso argentino

Héctor Torres, exrepresentante del país ante el FMI durante la gestión de Roberto Lavagna y también en la de Alfonso Prat Gay, conocedor como pocos de los pasillos del Fondo Monetario, lo dice con todas las letras.

«El FMI está ante un dilema. Si se pone duro con la Argentina, puede poner al país en una nueva crisis económica y también a las puertas de una crisis política», enfatiza Torres.

Luego agrega: «Al contrario, si elige mirar para otro lado corre el riesgo de perder más credibilidad y confianza de la que ya perdió en todos estos años».

«Hay que tener prudencia en reclamar severidad. Ojo con la oposición, que no termine escupiendo al cielo», concluye el economista.

Torres, que más allá de sus preferencias políticas es un economista muy realista a la hora del análisis, suele decir que el mega préstamo que el Fondo Monetario le dio a la administración Macri fue, ante todo, una operación política, en un intento de la Casa Blanca -en ese entonces comandada por Donald Trump- por facilitar la reelección de Mauricio Macri en 2019.

«En el FMI tienen el calzoncillo sucio: el programa anterior era un programa mal concebido, debería haber ayudado a Argentina a hacer un reperfilamiento de deuda externa», concluye Torres.

Por ahora, el Fondo no hizo lugar a la demanda por soltar dólares frescos a la Argentina a pesar del esfuerzo del Ministerio de Economía. En la mañana del lunes, el Palacio de Hacienda divulgó varios videos que Massa presentó ante el gobierno estadounidense, antes del encuentro con Biden.

En ese material se puede apreciar la dureza de la sequía pero también las puertas que tiene la Argentina para el desarrollo y las inversiones, como el sector minero.

La urgencia por los dólares

El mensaje del Palacio de Hacienda se centró en las necesidades de cortísimo plazo: los dólares que hacen falta para surfear los efectos de la sequía sin necesidad de una devaluación.

Por eso, Economía trabaja para apurar un anuncio que incentive la liquidación de divisas por parte del sector agroindustrial. Lo mismo, lo dicho más arriba: por más que se tomen medidas que beneficien al sector, acá el drama es que no hay suficientes exportaciones para acelerar.

Por ahora, el Fondo no tomó medidas de fondo para capear el temporal. Algunos piensan que, más bien, todo lo contrario.

A cambio de flexibilizar la meta de las reservas -que igual se va a quedar corta-, hubo un reclamo al Gobierno para apurar la quita de los subsidios en las tarifas.

También un pedido expreso para acelerar el «crawling peg», las minidevaluaciones diarias, para apuntarlas por encima de la inflación mensual. El mes pasado, por caso, el dólar mayorista subió 5,7%, por debajo del IPC, calculado en torno al 7% en marzo.

Una tasa de devaluación más rápida y profunda no hará otra cosa que ponerle un piso más alto a la inflación mensual, que de por sí viene acelerada ante la escasez de dólares y la incertidumbre de los formadores de precios.

En las últimas semanas se acentuó la escasez de dólares por el agravamiento de la sequía, y esa realidad devino en dos cosas: un enfriamiento de la producción local y un alza de los precios. Las empresas que no logran la aprobación para importar bienes terminan ingresando parte de esos productos a través del mercado alternativo.

De hecho, el economista Fausto Spotorno calcula que la cotización promedio del dólar para esas empresas que deben hacer un mix entre las importaciones «oficiales» y a través del contado con liqui ronda los $290 a $300.

Es el costo de quedarse sin dólares. En las próximas semanas quedará claro si este escenario empeora. Mucho margen para una mejora no hay. El FMI tendrá la última palabra.

Fuente: iprofesional.com

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